Seamos Honestas Sobre Cómo Las Políticas Queer Excluyen a las Mujeres Lesbianas

Lezbehonest about Queer Politics Erasing Lesbian Women is now available in Spanish! Many thanks to SOMOS LA MITAD for the translation.


Este post es el segundo de una serie de ensayos sobre sexo, género y sexualidad. El primero está disponible aquí. Escribo sobre la exclusión de las lesbianas porque me niego a que se me invisibilice. Alzando mi voz en disidencia, pretendo ofrecer tanto un reconocimiento a otras mujeres lesbianas como una resistencia activa a cualquier marco político —hetero o queer— que insista en que las lesbianas son una especie en peligro de extinción. Si que una serie de mujeres ame y de prioridad a otras mujeres es una amenaza para tus políticas, te puedo garantizar que eres parte del problema y no de la solución. Dedico estas letras a SJ, que me hace estar orgullosa de ser lesbiana. Tu amabilidad ilumina mi mundo.


El lesbianismo es, una vez más, una categoría disputada. La definición más literal de lesbian_feminist_liberation‘lesbiana’ —mujer homosexual— es sujeto de reciente controversia. Esta lesbofobia no nace del conservadurismo social sino que se manifiesta en el seno de la comunidad LGTB+, en la que las mujeres lesbianas somos frecuentemente demonizadas como intolerantes y retrógradas o rechazadas por ser consideradas un chiste anticuado, todo a consecuencia de nuestra sexualidad.

En el contexto postmoderno de las políticas queer, las mujeres que nos sentimos atraídas de manera exclusiva por personas de nuestro mismo sexo, somos consideradas arcaicas. No sorprende que los deseos de los hombres gays no sean analizados con el mismo rigor: en el marco queer, se anima a los hombres a que den prioridad a su propio placer, mientras se sigue esperando de las mujeres que consideremos el de los demás. Lejos de subvertir las expectativas patriarcales, las políticas queer reproducen esos estándares mediante la perpetuación de los roles  normativos de género. No es ninguna coincidencia que las mujeres lesbianas sean el blanco sobre el que recae toda la hostilidad queer.

Además de la proliferación del fascismo y de la normalización de la supremacía blanca, los últimos años han visto surgir una avalancha de anti-lesbianismo. El contenido en los medios, hipotéticamente dirigido a/y escrito por mujeres lesbianas, nos dice que somos una especie en peligro de extinción: Fuentes feministas que cuestionan si necesitamos siquiera la palabra lesbiana, páginas de opinión que afirman que la cultura lésbica está extinta, artículos arrogantes que aseguran que ‘lesbiana’ “suena como a enfermedad rara”, e incluso comentarios que afirman que la sexualidad lésbica es una reliquia del pasado en este nuevo mundo tan valiente y sexualmente fluido. Estos textos definen deliberadamente la sexualidad de las mujeres lesbianas como anticuada y pasada de moda. Incitan activamente al rechazo de la identidad lésbica mediante el convencimiento de la lectora de que será una mujer moderna y progresista sólo si está preparada para deshacerse de la etiqueta de lesbiana. Exactamente de la misma manera que el patriarcado premia a la ‘chica guay’ que se distancia de los ideales feministas, las políticas queer premian a las lesbianas que adoptan cualquier otra etiqueta.

Desanimar a las lesbianas para que no nos identifiquemos como tales y para que no reclamemos la cultura y las políticas de oposición que se nos han legado es una estrategia efectiva. Heather Hogan, editora de la publicación Autostraddle, supuestamente dirigida a las mujeres lesbianas; recientemente comparó en Twitter la resistencia de las lesbianas a la lesbofobia con los neo-nazis. La misma Hogan se define como lesbiana y sin embargo afirma que las posturas del feminismo lésbico son inherentemente intolerantes y retrógradas.

Guerreros queer, armados con sus teclados, lideraron y promovieron una campaña contra la Biblioteca del Movimiento de la Clase Trabajadora (Working Class Movement Library), en Salford, Inglaterra; por invitar a la feminista lesbiana Julie Bindel para que diera una charla durante el Mes de la Historia LGBT, y llenaron el evento de Facebook de mensajes abusivos, llegando el acoso a las amenazas de muerte. El hecho de que Bindel considere el género como una jerarquía en su análisis feminista es suficiente para tildarla de “peligrosa”. A su vez, la recién abierta Biblioteca de Mujeres de Vancouver (VWL) fue sometida a una campaña de intimidación por parte de activistas queer. VWL fue presionada para sacar algunos textos feministas de sus estanterías alegando que “eran dañinos” —la mayoría de los libros considerados objetables habían sido escritos por lesbianas feministas como Adrienne Rich, Ti-Grace Atkinson y Sheila Jeffreys.

Una no tiene que estar de acuerdo con todos los argumentos de las teóricas feministas lesbianas, para darse cuenta de que la eliminación deliberada de las perspectivas teóricas del feminismo lésbico, es un acto de cobardía intelectual con raíces misóginas.

La sexualidad, la cultura y el feminismo lésbicos están sometidos a la oposición concentrada de las políticas queer. La invisibilización de las lesbianas —una táctica típica del patriarcado— es justificada por los activistas queer bajo el alegato de que la sexualidad y la práctica lésbica son excluyentes, y de que esta exclusión es retrógrada (particularmente con las mujeres y los hombres transgénero).

¿Es el lesbianismo excluyente?

Sí. Toda sexualidad es, por definición, excluyente —está formada por una serie de características que establecen los parámetros que capacitan a cada individuo para experimentar atracción física y mental. Esto no es en sí mismo inherentemente intolerante ni retrógrado. La atracción es física y se basa en una realidad material. El deseo se manifiesta o no. La sexualidad lésbica es y siempre ha sido una fuente de polémica porque las mujeres que viven vidas lésbicas no le proporcionan a los hombres ninguna labor emocional, sexual o reproductiva; todas ellas exigidas por las normas patriarcales.

Una lesbiana es una mujer a la que le interesan y le atraen otras mujeres, lo que implica la exclusión de los hombres. El hecho de que los límites sexuales de las lesbianas sean lesbiancuestionados con tal fiereza es el resultado de una misoginia concentrada y reforzada por la homofobia. Mujeres que deseamos a otras mujeres, excluyendo a los hombres; mujeres que dedicamos nuestro tiempo y energía a otras mujeres, excluyendo a los hombres; mujeres que construimos nuestras vidas en torno a otras mujeres, excluyendo a los hombres; así es como el amor lésbico presenta un desafío al status quo. Nuestra misma existencia contradice el esencialismo tradicional usado para justificar la jerarquía de género: “es natural”, el propósito en la vida de toda mujer es servir al hombre. La vida lésbica se opone a esto de forma inherente. Crea espacios para posibilidades radicales, a las que se resisten tanto conservadores como liberales.

La sexualidad lésbica es disputada desde el discurso queer porque supone un reconocimiento directo y positivo de la biología de la mujer. Arielle Scarcella, una importante vlogger, se vio envuelta en una gran polémica por afirmar que, como mujer lesbiana, a ella le gustan “las tetas y las vaginas y no los penes”. La atracción de Scarcella por el cuerpo de la mujer fue tildada de transfobia. El hecho de que el deseo lésbico nazca de la atracción al cuerpo de la mujer (hembra) es criticado como esencialista porque sólo se produce ante la existencia de características sexuales femeninas (de hembra) primarias y secundarias. Como el deseo lésbico no incluye a las mujeres trans (transmujeres), es ‘problemático’ para el entendimiento queer de la relación entre sexo, género y sexualidad.

En lugar de aceptar las fronteras sexuales de las mujeres lesbianas, la ideología queer entiende esas fronteras como un problema que debe ser subsanado. La editora LGBT de Buzzfeed, Shannon Keating, aboga por la deconstrucción de la sexualidad lésbica como una posible ‘solución’:

“… tal vez podamos simplemente seguir desafiando la definición tradicional del lesbianismo, que asume que hay sólo dos géneros binarios, y que las lesbianas sólo deberían ser mujeres cis atraídas por mujeres cis. Algunas lesbianas que no se reconocen como TERFs, aún así dicen abiertamente que nunca saldrían con personas trans debido a ‘preferencias genitales’, lo que significa que tienen ideas increíblemente rígidas sobre el género y los cuerpos.”

La sexualidad lésbica no puede ser deconstruida hasta el punto de eliminarla por completo. Además, problematizar la sexualidad lésbica es en sí mismo problemático: una forma de lesbofobia. El lesbianismo ha sido ‘desafiado’ por el patriarcado desde tiempos inmemoriales. A lo largo de la historia los hombres han encarcelado, matado e institucionalizado a las mujeres lesbianas, las han sometido a violaciones correctivas —todo como vía para forzarlas a la heterosexualidad. La lesbofobia más clásica opera con políticas “no preguntar ni decir” (don’t ask, don’t tell). El precio de la aceptación social (léase: mera tolerancia) que asumimos, es permitir que se nos considere heterosexuales hasta que se demuestre lo contrario. Pero esto no supone ninguna amenaza.

La lesbofobia ‘progresista’, sin embargo, es mucho más insidiosa porque se da en los espacios LGBT+ de los que en teoría formamos parte. Pretende que tiremos por la borda la palabra lesbiana para sustituirla por algo más suave y dulce, como ‘Mujeres que Aman Mujeres’, o algo lo suficientemente vago como para eludir el ceñirse a una serie de fronteras sexuales estrictas, como queer. Pretende que abandonemos las especificidades de nuestra sexualidad para pacificar a otros.

El Techo de Algodón 

El debate del Techo de Algodón es zanjado muy a menudo como “retórica TERF”, y sin embargo el término fue creado originalmente por la activista trans Drew DeVeaux. De acuerdo con la blogger feminista queer Avory Faucette, “la teoría del Techo de Algodón trata de desafiar la tendencia de las lesbianas cis de… dibujar la línea en acostarse con mujeres trans o en incluir a las lesbianas trans en sus comunidades sexuales”.

Planned Parenthood ofreció un ahora notorio workshop sobre este tema: Traspasando el Techo de Cristal: Desmontando Barreras Sexuales para Mujeres Trans Queer.

cc-workshop

Las fronteras sexuales de las mujeres lesbianas se presentan como “barreras” que “traspasar”. Esto legitima la formulación de estrategias para animar a las mujeres a involucrarse en determinados actos sexuales, o lo que es lo mismo, la coacción sexual blanqueada por el lenguaje de la inclusión. Esta narrativa se sustenta en la objetificación de las mujeres lesbianas, colocándonos en la posición de sujetos de conquista sexual. La teoría del Techo de Algodón se basa en una mentalidad que defiende los derechos sexuales de terceros sobre los cuerpos de las mujeres, y es incentivada por un clima de clara misoginia.

La sexualidad lésbica no existe para validar ni ser validada. Los límites sexuales de las mujeres no son negociables. Muchos de los argumentos del discurso queer recrean la cultura de la violación creada por el heteropatriarcado. La obtención de acceso sexual a los cuerpos de las mujeres lesbianas es una suerte de ‘test’ para la validación de las mujeres transgénero (transmujeres) y es deshumanizador para las mujeres lesbianas. Asegurar que la sexualidad lésbica es motivada por la intolerancia retrógrada crea un contexto de coacción o chantaje en el que las mujeres se ven presionadas para reconsiderar sus límites sexuales por miedo a ser etiquetadas como TERFs.

Negar el acceso sexual al propio cuerpo no es lo mismo que discriminar a la parte rechazada. No considerar a alguien como un potencial compañero sexual no es una forma de ejercer opresión. Como clase demográfica, las mujeres lesbianas no tienen más poder estructural que las mujeres transexuales (transmujeres) —apropiarse del lenguaje de la opresión en el debate del Techo de Algodón es, en el mejor de los casos, hipócrita.

Sin rodeos: ninguna mujer está obligada a follarse a nadie, jamás.

Conclusión

La sexualidad lésbica se ha convertido en el lugar en el que explotan las tensiones que rodean al sexo y al género. Esto se debe a que, bajo el patriarcado, recae sobre las mujeres la firme obligación de proporcionar validación al prójimo. Los hombres gays no son llamados retrógrados e intolerantes por rehuir el sexo vaginal como consecuencia de su homosexualidad. Amar a los hombres y desear el cuerpo masculino, resulta en cierta manera lógico, en un marco queer, en un contexto cultural construido alrededor de la centralidad de la masculinidad. Por el contrario, como el cuerpo femenino es constantemente degradado bajo el patriarcado, que las mujeres deseen a otras mujeres resulta sospechoso.

“Si yo no me definiera por y para mí misma, acabaría siendo triturada y devorada viva en las fantasías de otras personas.” – Audre Lorde

Las lesbianas hemos encarado la misma vieja combinación de misoginia y homofobia desde la derecha y ahora estamos siendo incansablemente escrutadas por la izquierda queer liberal: que seamos mujeres que no tienen ningún interés en el pene es aparentemente polémico a lo largo de todo el espectro político. Los conservadores nos dicen que tenemos taras, que somos anormales. La familia LGBT+, a la que se supone que pertenecemos, nos dice que somos irremediablemente anticuadas en nuestros deseos. Ambos intentan de manera activa deconstruir el lesbianismo hasta el punto de la desaparición. Ambos intentan invisibilizar a las mujeres lesbianas. Ambos sugieren que simplemente no hemos probado una buena polla todavía. Los paralelismos entre las políticas queer y el patriarcado no pueden seguir siendo ignorados.


Translation originally posted here.

Original text initially posted here.

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