Seamos Honestas Sobre Cómo Las Políticas Queer Excluyen a las Mujeres Lesbianas

Lezbehonest about Queer Politics Erasing Lesbian Women is now available in Spanish! Many thanks to SOMOS LA MITAD for the translation.


Este post es el segundo de una serie de ensayos sobre sexo, género y sexualidad. El primero está disponible aquí. Escribo sobre la exclusión de las lesbianas porque me niego a que se me invisibilice. Alzando mi voz en disidencia, pretendo ofrecer tanto un reconocimiento a otras mujeres lesbianas como una resistencia activa a cualquier marco político —hetero o queer— que insista en que las lesbianas son una especie en peligro de extinción. Si que una serie de mujeres ame y de prioridad a otras mujeres es una amenaza para tus políticas, te puedo garantizar que eres parte del problema y no de la solución. Dedico estas letras a SJ, que me hace estar orgullosa de ser lesbiana. Tu amabilidad ilumina mi mundo.


El lesbianismo es, una vez más, una categoría disputada. La definición más literal de lesbian_feminist_liberation‘lesbiana’ —mujer homosexual— es sujeto de reciente controversia. Esta lesbofobia no nace del conservadurismo social sino que se manifiesta en el seno de la comunidad LGTB+, en la que las mujeres lesbianas somos frecuentemente demonizadas como intolerantes y retrógradas o rechazadas por ser consideradas un chiste anticuado, todo a consecuencia de nuestra sexualidad.

En el contexto postmoderno de las políticas queer, las mujeres que nos sentimos atraídas de manera exclusiva por personas de nuestro mismo sexo, somos consideradas arcaicas. No sorprende que los deseos de los hombres gays no sean analizados con el mismo rigor: en el marco queer, se anima a los hombres a que den prioridad a su propio placer, mientras se sigue esperando de las mujeres que consideremos el de los demás. Lejos de subvertir las expectativas patriarcales, las políticas queer reproducen esos estándares mediante la perpetuación de los roles  normativos de género. No es ninguna coincidencia que las mujeres lesbianas sean el blanco sobre el que recae toda la hostilidad queer.

Además de la proliferación del fascismo y de la normalización de la supremacía blanca, los últimos años han visto surgir una avalancha de anti-lesbianismo. El contenido en los medios, hipotéticamente dirigido a/y escrito por mujeres lesbianas, nos dice que somos una especie en peligro de extinción: Fuentes feministas que cuestionan si necesitamos siquiera la palabra lesbiana, páginas de opinión que afirman que la cultura lésbica está extinta, artículos arrogantes que aseguran que ‘lesbiana’ “suena como a enfermedad rara”, e incluso comentarios que afirman que la sexualidad lésbica es una reliquia del pasado en este nuevo mundo tan valiente y sexualmente fluido. Estos textos definen deliberadamente la sexualidad de las mujeres lesbianas como anticuada y pasada de moda. Incitan activamente al rechazo de la identidad lésbica mediante el convencimiento de la lectora de que será una mujer moderna y progresista sólo si está preparada para deshacerse de la etiqueta de lesbiana. Exactamente de la misma manera que el patriarcado premia a la ‘chica guay’ que se distancia de los ideales feministas, las políticas queer premian a las lesbianas que adoptan cualquier otra etiqueta.

Desanimar a las lesbianas para que no nos identifiquemos como tales y para que no reclamemos la cultura y las políticas de oposición que se nos han legado es una estrategia efectiva. Heather Hogan, editora de la publicación Autostraddle, supuestamente dirigida a las mujeres lesbianas; recientemente comparó en Twitter la resistencia de las lesbianas a la lesbofobia con los neo-nazis. La misma Hogan se define como lesbiana y sin embargo afirma que las posturas del feminismo lésbico son inherentemente intolerantes y retrógradas.

Guerreros queer, armados con sus teclados, lideraron y promovieron una campaña contra la Biblioteca del Movimiento de la Clase Trabajadora (Working Class Movement Library), en Salford, Inglaterra; por invitar a la feminista lesbiana Julie Bindel para que diera una charla durante el Mes de la Historia LGBT, y llenaron el evento de Facebook de mensajes abusivos, llegando el acoso a las amenazas de muerte. El hecho de que Bindel considere el género como una jerarquía en su análisis feminista es suficiente para tildarla de “peligrosa”. A su vez, la recién abierta Biblioteca de Mujeres de Vancouver (VWL) fue sometida a una campaña de intimidación por parte de activistas queer. VWL fue presionada para sacar algunos textos feministas de sus estanterías alegando que “eran dañinos” —la mayoría de los libros considerados objetables habían sido escritos por lesbianas feministas como Adrienne Rich, Ti-Grace Atkinson y Sheila Jeffreys.

Una no tiene que estar de acuerdo con todos los argumentos de las teóricas feministas lesbianas, para darse cuenta de que la eliminación deliberada de las perspectivas teóricas del feminismo lésbico, es un acto de cobardía intelectual con raíces misóginas.

La sexualidad, la cultura y el feminismo lésbicos están sometidos a la oposición concentrada de las políticas queer. La invisibilización de las lesbianas —una táctica típica del patriarcado— es justificada por los activistas queer bajo el alegato de que la sexualidad y la práctica lésbica son excluyentes, y de que esta exclusión es retrógrada (particularmente con las mujeres y los hombres transgénero).

¿Es el lesbianismo excluyente?

Sí. Toda sexualidad es, por definición, excluyente —está formada por una serie de características que establecen los parámetros que capacitan a cada individuo para experimentar atracción física y mental. Esto no es en sí mismo inherentemente intolerante ni retrógrado. La atracción es física y se basa en una realidad material. El deseo se manifiesta o no. La sexualidad lésbica es y siempre ha sido una fuente de polémica porque las mujeres que viven vidas lésbicas no le proporcionan a los hombres ninguna labor emocional, sexual o reproductiva; todas ellas exigidas por las normas patriarcales.

Una lesbiana es una mujer a la que le interesan y le atraen otras mujeres, lo que implica la exclusión de los hombres. El hecho de que los límites sexuales de las lesbianas sean lesbiancuestionados con tal fiereza es el resultado de una misoginia concentrada y reforzada por la homofobia. Mujeres que deseamos a otras mujeres, excluyendo a los hombres; mujeres que dedicamos nuestro tiempo y energía a otras mujeres, excluyendo a los hombres; mujeres que construimos nuestras vidas en torno a otras mujeres, excluyendo a los hombres; así es como el amor lésbico presenta un desafío al status quo. Nuestra misma existencia contradice el esencialismo tradicional usado para justificar la jerarquía de género: “es natural”, el propósito en la vida de toda mujer es servir al hombre. La vida lésbica se opone a esto de forma inherente. Crea espacios para posibilidades radicales, a las que se resisten tanto conservadores como liberales.

La sexualidad lésbica es disputada desde el discurso queer porque supone un reconocimiento directo y positivo de la biología de la mujer. Arielle Scarcella, una importante vlogger, se vio envuelta en una gran polémica por afirmar que, como mujer lesbiana, a ella le gustan “las tetas y las vaginas y no los penes”. La atracción de Scarcella por el cuerpo de la mujer fue tildada de transfobia. El hecho de que el deseo lésbico nazca de la atracción al cuerpo de la mujer (hembra) es criticado como esencialista porque sólo se produce ante la existencia de características sexuales femeninas (de hembra) primarias y secundarias. Como el deseo lésbico no incluye a las mujeres trans (transmujeres), es ‘problemático’ para el entendimiento queer de la relación entre sexo, género y sexualidad.

En lugar de aceptar las fronteras sexuales de las mujeres lesbianas, la ideología queer entiende esas fronteras como un problema que debe ser subsanado. La editora LGBT de Buzzfeed, Shannon Keating, aboga por la deconstrucción de la sexualidad lésbica como una posible ‘solución’:

“… tal vez podamos simplemente seguir desafiando la definición tradicional del lesbianismo, que asume que hay sólo dos géneros binarios, y que las lesbianas sólo deberían ser mujeres cis atraídas por mujeres cis. Algunas lesbianas que no se reconocen como TERFs, aún así dicen abiertamente que nunca saldrían con personas trans debido a ‘preferencias genitales’, lo que significa que tienen ideas increíblemente rígidas sobre el género y los cuerpos.”

La sexualidad lésbica no puede ser deconstruida hasta el punto de eliminarla por completo. Además, problematizar la sexualidad lésbica es en sí mismo problemático: una forma de lesbofobia. El lesbianismo ha sido ‘desafiado’ por el patriarcado desde tiempos inmemoriales. A lo largo de la historia los hombres han encarcelado, matado e institucionalizado a las mujeres lesbianas, las han sometido a violaciones correctivas —todo como vía para forzarlas a la heterosexualidad. La lesbofobia más clásica opera con políticas “no preguntar ni decir” (don’t ask, don’t tell). El precio de la aceptación social (léase: mera tolerancia) que asumimos, es permitir que se nos considere heterosexuales hasta que se demuestre lo contrario. Pero esto no supone ninguna amenaza.

La lesbofobia ‘progresista’, sin embargo, es mucho más insidiosa porque se da en los espacios LGBT+ de los que en teoría formamos parte. Pretende que tiremos por la borda la palabra lesbiana para sustituirla por algo más suave y dulce, como ‘Mujeres que Aman Mujeres’, o algo lo suficientemente vago como para eludir el ceñirse a una serie de fronteras sexuales estrictas, como queer. Pretende que abandonemos las especificidades de nuestra sexualidad para pacificar a otros.

El Techo de Algodón 

El debate del Techo de Algodón es zanjado muy a menudo como “retórica TERF”, y sin embargo el término fue creado originalmente por la activista trans Drew DeVeaux. De acuerdo con la blogger feminista queer Avory Faucette, “la teoría del Techo de Algodón trata de desafiar la tendencia de las lesbianas cis de… dibujar la línea en acostarse con mujeres trans o en incluir a las lesbianas trans en sus comunidades sexuales”.

Planned Parenthood ofreció un ahora notorio workshop sobre este tema: Traspasando el Techo de Cristal: Desmontando Barreras Sexuales para Mujeres Trans Queer.

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Las fronteras sexuales de las mujeres lesbianas se presentan como “barreras” que “traspasar”. Esto legitima la formulación de estrategias para animar a las mujeres a involucrarse en determinados actos sexuales, o lo que es lo mismo, la coacción sexual blanqueada por el lenguaje de la inclusión. Esta narrativa se sustenta en la objetificación de las mujeres lesbianas, colocándonos en la posición de sujetos de conquista sexual. La teoría del Techo de Algodón se basa en una mentalidad que defiende los derechos sexuales de terceros sobre los cuerpos de las mujeres, y es incentivada por un clima de clara misoginia.

La sexualidad lésbica no existe para validar ni ser validada. Los límites sexuales de las mujeres no son negociables. Muchos de los argumentos del discurso queer recrean la cultura de la violación creada por el heteropatriarcado. La obtención de acceso sexual a los cuerpos de las mujeres lesbianas es una suerte de ‘test’ para la validación de las mujeres transgénero (transmujeres) y es deshumanizador para las mujeres lesbianas. Asegurar que la sexualidad lésbica es motivada por la intolerancia retrógrada crea un contexto de coacción o chantaje en el que las mujeres se ven presionadas para reconsiderar sus límites sexuales por miedo a ser etiquetadas como TERFs.

Negar el acceso sexual al propio cuerpo no es lo mismo que discriminar a la parte rechazada. No considerar a alguien como un potencial compañero sexual no es una forma de ejercer opresión. Como clase demográfica, las mujeres lesbianas no tienen más poder estructural que las mujeres transexuales (transmujeres) —apropiarse del lenguaje de la opresión en el debate del Techo de Algodón es, en el mejor de los casos, hipócrita.

Sin rodeos: ninguna mujer está obligada a follarse a nadie, jamás.

Conclusión

La sexualidad lésbica se ha convertido en el lugar en el que explotan las tensiones que rodean al sexo y al género. Esto se debe a que, bajo el patriarcado, recae sobre las mujeres la firme obligación de proporcionar validación al prójimo. Los hombres gays no son llamados retrógrados e intolerantes por rehuir el sexo vaginal como consecuencia de su homosexualidad. Amar a los hombres y desear el cuerpo masculino, resulta en cierta manera lógico, en un marco queer, en un contexto cultural construido alrededor de la centralidad de la masculinidad. Por el contrario, como el cuerpo femenino es constantemente degradado bajo el patriarcado, que las mujeres deseen a otras mujeres resulta sospechoso.

“Si yo no me definiera por y para mí misma, acabaría siendo triturada y devorada viva en las fantasías de otras personas.” – Audre Lorde

Las lesbianas hemos encarado la misma vieja combinación de misoginia y homofobia desde la derecha y ahora estamos siendo incansablemente escrutadas por la izquierda queer liberal: que seamos mujeres que no tienen ningún interés en el pene es aparentemente polémico a lo largo de todo el espectro político. Los conservadores nos dicen que tenemos taras, que somos anormales. La familia LGBT+, a la que se supone que pertenecemos, nos dice que somos irremediablemente anticuadas en nuestros deseos. Ambos intentan de manera activa deconstruir el lesbianismo hasta el punto de la desaparición. Ambos intentan invisibilizar a las mujeres lesbianas. Ambos sugieren que simplemente no hemos probado una buena polla todavía. Los paralelismos entre las políticas queer y el patriarcado no pueden seguir siendo ignorados.


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El Problema que No Tiene Nombre porque “Mujer” es Demasiado Esencialista

Este es el tercero de una serie de ensayos sobre sexo y género (ver partes 1 & 2). Inspirada por los comentarios de Chimamanda Ngozi Adichie sobre identidad de género y por la consiguiente respuesta social, he escrito sobre el lenguaje en el discurso feminista y el significado de la palabra mujer.


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“¿Alguien me puede decir alguna manera más corta y no esencialista para referirse a las ‘personas que tienen útero y esas cosas’?” – Laurie Penny

La pregunta de Laurie Penny, que trata de encontrar un término que describa a las mujeres biológicamente hembras sin usar la palabra mujer, ejemplifica muy bien el mayor reto que tiene el discurso feminista en estos momentos. La tensión entre las mujeres que reconocen y las que borran el papel de la biología en el análisis estructural de nuestra opresión, ha abierto una gran brecha (MacKay, 2015) en el seno del movimiento feminista. Las contradicciones surgen cuando las feministas tratan de defender cómo la biología de las mujeres conforma nuestra opresión en una sociedad patriarcal, a la vez que deniegan que nuestra opresión sea fundamentalmente material. En algunos puntos, el análisis estructural riguroso y la inclusividad no son buenos compañeros de cama.

Esa misma semana, Dame Jeni Murray, que ha conducido durante cuarenta años el programa de la BBC Woman’s Hour (La Hora de la Mujer), fue criticada por preguntarse “¿Puede alguien que ha vivido como hombre, con todo el privilegio que ello conlleva, reclamar su condición de mujer?”. En su artículo para el Sunday Times, Murray reflexionaba sobre el papel de la socialización de género recibida durante los años formativos en la configuración de nuestro comportamiento, desafiando la idea de que es posible divorciar el Yo físico del contexto sociopolítico. De la misma manera, la novelista Chimamanda Ngozi Adichie casi fue llevada a la hoguera por sus comentarios acerca de la identidad de género.

Cuando le preguntaron “¿Importa de alguna manera la forma en la que se llega a ser mujer?” Adichie hizo lo que muy pocas feministas se atreven a hacer en estos momentos, debido a lo extremo del debate en torno al género, y dio una respuesta pública sincera:

“Cuando la gente habla sobre si las mujeres trans* son mujeres, lo que yo pienso es que las mujeres trans* son mujeres trans*. Creo que si has vivido en el mundo como hombre, con los privilegios que el mundo concede a los hombres, y después cambias de género —es difícil para mí aceptar que se puedan entonces equiparar tus experiencias con las de una mujer que ha vivido desde que nació como mujer, a la que no se le han otorgado esos privilegios que se les otorga a los hombres. No creo que sea algo bueno combinar las dos cosas en una sola. No creo que sea bueno hablar de los problemas de las mujeres como si fueran los mismos problemas que tienen las mujeres trans*. Lo que quiero decir es que el género no es biología, el género es sociología”. – Chimamanda Ngozi Adichie

Para el tribunal de la opinión queer, el crimen que cometió Adichie fue diferenciar entre aquellas que son biológicamente hembras y criadas como mujeres, y aquellas que transitan de hombre a mujer (y que fueron, a todos los efectos, tratadas como hombres antes de empezar su transición), en su descripción de la condición de mujer. En el discurso queer, los prefijos ‘cis’ y ‘trans’ han sido diseñados para señalar precisamente esa distinción, y sin embargo es sólo cuando las feministas intentan expresar y explorar esas diferencias, que esta diferenciación resulta una fuente de ira.

Las declaraciones de Adichie son perfectamente lógicas: es absurdo imaginar que aquellas socializadas como mujeres durante sus años formativos tienen las mismas Chimamanda-Ngozi-Adichie_photo1experiencias vitales que aquellas socializadas y leídas como hombres. La sociedad patriarcal depende de la imposición de género como vía para subordinar a las mujeres y garantizar el dominio de los hombres. Combinar las experiencias de las mujeres y de las mujeres trans*, borra el privilegio masculino que las mujeres trans* tuvieron antes de la transición, y niega el legado del comportamiento masculino aprendido. Además niega el verdadero significado del cómo se llega a ser mujer y de las implicaciones que tiene en la condición de mujer. En definitiva, niega ambas realidades.

‘Everyday Feminism’ publicó un artículo resaltando siete puntos que prueban que las mujeres trans* nunca tuvieron privilegio masculino. Un artículo que tal vez habría sido más efectivo en su propósito de abogar por la solidaridad feminista, si no hubiera dirigido semejante misoginia etarista hacia las feministas de la segunda ola en la línea que abre el texto. Con este artículo, Kai Cheng Thom sostiene que “…si [las mujeres trans*] son mujeres, eso implica que no pueden recibir ningún tipo de privilegio masculino —porque el privilegio masculino es algo que, por definición, sólo hombres y personas que se identifican como hombres pueden experimentar.”

Y aquí está el punto crucial del asunto —la tensión que existe entre la realidad material y la auto-identificación, en cómo se construye la definición de la condición de mujer. Si la condición de mujer trans* es sinónimo de la condición de mujer, las caraterísticas distintivas de la opresión de la mujer dejan de ser reconocibles como experiencias propias de las mujeres. El género no puede ser categorizado como un instrumento de opresión socialmente construido, si además tiene que ser considerado como una identidad innata. La conexión entre el sexo biológico y la función primaria del género —oprimir a las mujeres en beneficio de los hombres— queda borrada. Como declaró Adichie, esta combinación, en el mejor de los casos, no ayuda nada. Si no podemos reconocer los privilegios que reciben aquellos que son reconocidos y tratados como hombres, en detrimento de sus homólogas femeninas, no podemos reconocer la existencia del patriarcado.

La biología no es el destino. Sin embargo, en la sociedad patriarcal, determina los roles asignados a las niñas y los niños al nacer. Y hay una diferencia fundamental en la posición en la que las estructuras de poder colocan a aquellos biológicamente varones y a aquellas biológicamente mujeres, independientemente de su identidad de género.

“Las niñas son socializadas de maneras que son dañinas para su sentido del Yo —para que se reduzcan a sí mismas para satisfacer los egos de los hombres, para concebir sus cuerpos como contenedores de culpa y vergüenza. Muchas mujeres adultas tienen dificultades para superar y desaprender la mayoría de ese condicionamiento social. Una mujer trans* es una persona que ha nacido varón y una persona a la que, antes de su transición, el mundo trataba como varón. Esto significa que experimentó los privilegios que el mundo otorga a los hombres. Esto no niega el dolor de la confusión de género o las difíciles complejidades de cómo se siente al vivir en un cuerpo que no es el suyo. Porque la verdad sobre el privilegio social es que no tiene nada que ver con cómo te sientas. Tiene que ver con cómo te trata el mundo, con las sutiles y no tan sutiles cosas que internalizas y absorbes.” –Chimamanda Ngozi Adichie

Si las mujeres no pueden seguir siendo identificadas con fines políticos como miembros de su casta social, la opresión de las mujeres no puede ser abordada o combatida. Por consiguiente, los objetivos feministas se ven socavados por las políticas queer.

La lingüista Deborah Cameron ha identificado esta tendencia como la de “la increíble mujer que desaparece”, resaltando el patrón de las realidades vividas por las mujeres y de la opresión invisivilizada por el lenguaje de género neutro. Mientras la condición de mujer es despiadadamente deconstruida en el discurso queer, la categoría de condición de hombre sigue pendiente de ser discutida.

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No es un accidente que la masculinidad permanezca incontestable incluso cuando la palabra mujer es considerada ofensiva y excluyente. ‘Hombre’ es el estándar normativo de humanidad, ‘mujer’ es el otrodel hombre. Al reducir a las mujeres a “no-hombres”, como trató de hacer el Green Party en Reino Unido; al reducir a las mujeres a “personas embarazadas”, como aconseja la Asociación Médica Británica (British Medical Association); el discurso queer perpetúa la clasificación de las mujeres como otro.

La ideología queer usa las convenciones patriarcales en su propia conclusión lógica, mediante la completa eliminación de las mujeres.

Definir a la clase oprimida en relación con el opresor, denegando a los oprimidos el uso del lenguaje para que hablen de cómo se les margina, sólo sirve para ratificar la jerarquía de género. Aunque estos cambios lingüísticos parecen inclusivos al principio, tienen la consecuencia imprevista de perpetuar la misoginia.

“Eliminar la palabra mujer y el lenguaje biológico de las discusiones relativas a la realidad corpórea de las mujeres nacidas hembras, es peligroso. Negarse a reconocer la anatomía femenina, las capacidades reproductivas y la sexualidad ha sido, desde hace mucho, trabajo del patriarcado. Parece como si hubiéramos tenido unas cuantas décadas doradas de reconocimiento,en las que hemos podido llevar nuestra experiencia vivida en nuestra condición corpórea de mujer —pero ahora tenemos que abandonar este lenguaje en favor del grupo. Incluso con la lógica en el asiento del conductor, es difícil no sentir que este aspecto de la condición de mujer está siendo borrado con incómodos ecos del patriarcado que dejamos atrás.” – Vonny Moyes

Hablar de los asuntos relativos al sexo biológico y de la socialización de género se ha vuelto cada vez más controvertido, con algunos sectores de la ideología queer clasificando automáticamente ambos temas en el ‘mito’ TERF. Sería muy fácil desear que la conexión entre la biología de las mujeres y nuestra opresión, así como las consecuencias de la socialización de género, fueran sólo mitos. En un escenario así, aquellas personas en posesión de un cuerpo femenino —mujeres— podríamos simplemente identificarnos de otra manera para evitar la opresión estructural, podríamos escoger ser de cualquier grupo que no fuera el de la casta oprimida. Sin embargo, la explotación de la biología femenina y la socialización de género, juegan ambas un papel central en el establecimiento y mantenimiento de la opresión de las mujeres por parte de los hombres.

Las políticas queer cambian el envoltorio de la opresión de la mujer para venderlo como una posición de inherente privilegio, mientras, simultáneamente, nos priva del lenguaje necesario para abordar y oponer esa misma opresión. El asunto de la identidad de género nos deja a las feministas en un dilema a dos bandas: o aceptamos que ser marginadas como consecuencia de nuestro sexo, es privilegio cis; o alzamos la voz para después ser etiquetadas como TERFs. No hay espacio para voces disidentes en esta conversación —no si esas voces pertenecen a mujeres. En este sentido, hay muy poca diferencia entre los estándares establecidos por el discurso queer y aquellos que gobiernan las normas patriarcales.

La palabra mujer es importante. Con el nombre viene el poder. Como Patricia Hill Collins observó (2000), la auto-definición es un componente clave de la resistencia política. Si la condición de mujer no puede ser descrita positivamente, si la condición de mujer se entiende sólo como el negativo de la condición de hombre, las mujeres quedan relegadas a la condición de objeto. Es sólo mediante la consideración de las mujeres como el sujeto —como seres humanos auto-realizados y con derecho a la auto-determinación— que la liberación se vuelve posible.

“La fuerza de la palabra ‘mujer’ es que puede ser usada para afirmar nuestra humanidad, dignigad y valía, sin negar nuestra feminidad corpórea y sin tratarla como una fuente de culpa y vergüenza. No nos reduce a úteros andantes ni nos desexualiza ni nos descorporiza. Por eso es tan importante que las feministas sigan usándola. Un movimiento cuyo propósito es liberar a la mujer no debería tratar la palabra ‘mujer’ como algo sucio.” – Deborah Cameron

F-31Si no usamos la palabra ‘mujer’ abiertamente y con orgullo, las políticas feministas carecerán del alcance necesario para organizar una resistencia real a la subordinación de la mujer. No se puede liberar una casta de gente que no debe ni siquiera ser nombrada. La condición de mujer es devaluada por estos traicioneros intentos de invisibilizarla. Si las mujeres no nos consideramos a nosotras mismas dignas de los inconvenientes que causa el nombrarnos directamente, específicamente; difícilmente podremos argumentar que valemos las dificultades que traerá la liberación.

Cualquier ofensa potencial, causada por referirse inequívocamente al cuerpo femenino, es menor comparada con el abuso y la explotación de nuestros cuerpos femeninos bajo el patriarcado. Como Chimamanda Ngozi Adichie dice, “‘Porque eres una chica’ nunca es una razón para nada. Jamás.”


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Sexo, Género y el Nuevo Esencialismo

Sex, Gender, and the New Essentialism is now available in Spanish! Many thanks to SOMOS LA MITAD for the translation.


 

Breve prefacio: Este es el primero de una serie de ensayos sobre sexo, género y sexualidad. Si estás de acuerdo con lo escrito, fenomenal. Si no estás de acuerdo con nada de lo que leerás a continuación, también está perfectamente bien. De cualquier manera, tu vida no se verá afectada por nada de esto una vez que cierres esta pestaña independientemente de lo que pienses sobre este post.

Me niego a seguir callada por miedo a que se me etiquete como mala feminista. Me niego a seguir callada mientras otras mujeres son sometidas al acoso y derribo por sus opiniones en torno al género. En nombre de la sororidad, este texto está dedicado a Julie Bindel. Puede que nuestros puntos de vista no siempre coincidan, pero agradezco mucho su trabajo para acabar con la violencia machista contra las mujeres. En palabras de la gran Audre Lorde: “Soy intencionada y no le tengo miedo a nada”.

Cuando me matriculé para formarme en Estudios de Género, mi abuelo me apoyó —contento de que por fin hubiera encontrado la dirección para encaminar mi vida y de que hubiera desarrollado una ética de trabajo que nunca se llegó a materializar durante mis años de colegio— aunque le sorprendía el tema. “¿Para qué tienes que estudiar eso?” Me preguntó. “Yo te lo puedo enseñar gratis: si tienes partes masculinas*, eres un hombre. Si tienes partes femeninas*, eres una mujer. No tiene más misterio, no necesitas una carrera para saber eso”. (*Las convenciones sociales nos impedían a mi abuelo y a mí usar las palabras pene o vagina/vulva en esta conversación o en cualquier otra que mantuviéramos.)

Mi reacción inicial fue el shock: después de haber pasado demasiado tiempo en Twitter y habiendo sido testigo de la extrema polaridad del discurso en torno al género, era consciente de que expresar una opinión como esa en las redes sociales conllevaría el riesgo de convertirte en el sujeto de una campaña de abuso continuado. Sin embargo, siendo blanco y varón, deduje que —si mi septuagenario abuelo decidiera aventurarse a usar Twitter— probablemente estaría a salvo de tal abuso, que normalmente y casi en su totalidad se dirige a las mujeres.

Y además, el escuchar ese punto de vista expresado con esa naturalidad, el estar juntos, sentados en el jardín de casa; nos situaba a un mundo de distancia de las tensiones del espacio digital, del miedo de las mujeres a ser etiquetadas como ‘malas feministas’ y a convertirse en blanco del acoso público. Esta conversación con mi abuelo me llevó a considerar no sólo la realidad del género, sino también el contexto del discurso de género. La intimidación es una táctica silenciadora muy poderosa —un ambiente gobernado por el miedo no conduce al pensamiento crítico, al discurso público o al desarrollo de ideas.

Hasta el final de su vida, mi abuelo permaneció completamente ignorante ante el cisma que el género había creado en el movimiento feminista, una división conocida como la guerra de las TERF. Para las no iniciadas, TERF son las siglas en inglés de Feminista Radical Trans-Excluyente (Trans-Exclusionary Radical Feminist) —un acrónimo que se usa para describir a las mujeres cuyo feminismo es crítico con el género y que abogan por la abolición de la jerarquía. Lo que cada una entiende por género es sin duda la principal fuente de tensión entre las políticas feministas y las políticas queer.

La Jerarquía de Género 

El patriarcado depende de la jerarquía de género. Para desmantelar el patriarcado —objetivo central del movimiento feminista— el género debe ser abolido. En la sociedad patriarcal, el género es lo que hace que el hombre sea el estándar normativo de humanidad, y que la mujer sea lo Otro. El género es el causante de que la sexualidad femenina esté tan estrictamente controlada —las mujeres somos putas si permitimos a los hombres el acceso sexual a nuestros cuerpos y somos unas estrechas si no lo hacemos— y de que no se juzgue de la misma manera la sexualidad masculina. El género es la razón por la que las mujeres que son abusadas por hombres sean culpabilizadas y públicamente avergonzadas —’lo estaba pidiendo a gritos’ o ‘iba provocando’— mientras el comportamiento de los hombres abusadores se suele justificar con un “ya sabes cómo son los hombres” o “en realidad es un buen hombre”. El género es la razón por la que se premia a las niñas que son cuidadosas, pasivas y modestas, cualidades que no se fomentan en los niños. El género es la razón por la que los niños son premiados por ser competitivos, agresivos y ambiciosos, cualidades que no se fomentan en las niñas. El género es la razón por la que se considera a las mujeres como una propiedad, pasando de pertenecer a sus padres a pertenecer a sus maridos a través del matrimonio. El género es la razón por la que se espera de las mujeres que hagan el trabajo doméstico y emocional a la vez que la gran mayoría de los cuidados, y de que estos trabajos sean devaluados e invisibilizados por considerarse femeninos.

El género no es un problema abstracto. En Reino Unido, cada tres días hay una mujer asesinada por un hombre. Se estima que, cada año, 85.000 mujeres son violadas por hombres en Gales e Inglaterra. Una de cada cuatro mujeres británicas sufre violencia a manos de su pareja masculina, cifra que aumenta a una de cada tres a escala global. Más de 200 millones de mujeres y niñas, en vida a día de hoy, han visto mutilados sus genitales. La liberación de las mujeres y las niñas de la violencia de los hombres y de la violencia usada para mantener esta diferencia de poder, es un objetivo fundamental del feminismo —objetivo que es del todo incompatible con la aceptación de las limitaciones que impone el género como frontera de lo que es posible en nuestras vidas.

“El problema con el género es que prescribe cómo debemos ser en lugar de reconocer cómo somos. Imagina lo felices que seriamos todos, lo libres que seríamos de ser nosotros mismos, si no tuviéramos la carga de las expectativas de género… los niños y las niñas son innegablemente diferentes biológicamente, pero la socialización exagera las diferencias y da paso a un círculo vicioso.” – Chimamanda Ngozi Adichie, We Should All be Feminists

Los roles de género son una prisión. El género es una trampa construida socialmente y diseñada para oprimir a las mujeres como casta sexual en beneficio de los hombres como casta sexual. Y la importancia del sexo biológico en esta dinámica no puede ser ignorada, pese a los recientes esfuerzos por redefinir el género como una identidad en lugar de una jerarquía. La explotación sexual y reproductiva de los cuerpos femeninos son bases materiales de la opresión de las mujeres —nuestra biología es usada por nuestros opresores, los hombres, para dominarnos. Y aunque hay una pequeña minoría de personas que no encajan en el binarismo del sexo biológico —las personas intersexuales—, esto no altera la naturaleza estructural y sistemática de la opresión de las mujeres.

Las feministas han criticado la jerarquía de género durante cientos de años y por buenas razones. Cuando Sojourner Truth trató de deconstruir la feminidad, criticó cómo la misoginia y el racismo anti-negros conformaban la definición de la categoría de mujer. Usando su propia fuerza física como evidencia empírica, Truth demostró que ser mujer no dependía de las características asociadas a la feminidad y cuestionó la marginación de los cuerpos femeninos negros, tan necesaria para elevar la fragilidad de la feminidad blanca al ideal femenino. ‘¿No soy yo una mujer?’ (Ain’t I a Woman) es una de las primeras críticas feministas al esencialismo de género; el discurso de Truth era un reconocimiento de la interacción de las jerarquías de raza y género en el contexto de la sociedad patriarcal de la supremacia blanca (Hooks, 1981).

Simone de Beauvoir también deconstruyó la feminidad diciendo que ‘no se nace mujer, se llega a serlo’. En su ‘Segundo Sexo’, afirmaba que el género no es innato, sino que impone una serie de roles y que se nos socializa para adoptar unos u otros en función de nuestro sexo biológico. Resaltó las limitaciones de estos roles, particularmente las impuestas sobre las mujeres como consecuencia del esencialismo de género, de la idea de que el género es innato.

Como de Beauvoir defendió, el esencialismo de género ha sido usado contra las mujeres durante siglos con el objetivo de negarnos la entrada en la esfera pública, en la vida independiente de la dominación masculina. Afirmaciones como que la mujer tenía una capacidad intelectual inferior, una pasividad inherente y una irracionalidad innata, eran excusas que se utilizaban para relegar la vida de las mujeres al contexto doméstico, basándose en la idea de que ese es el estado natural de la mujer.

La Historia demuestra que la insistencia en que existe un “cerebro femenino” es una táctica del patriarcado que ha servido para que el sufragio, los derechos de propiedad, la autonomía del cuerpo propio y el acceso a la educación formal, fueran dominio exclusivo de los hombres.  Si miramos la larga historia de la misoginia, que se apoya en la idea de un cerebro femenino, no solamente comprobamos que es científicamente falso sino que además este neurosexismo (Fine, 2010) o neuromachismo es contradictorio con la perspectiva feminista.

Y aún así el concepto de cerebro femenino está siendo reivindicado no sólo por los conservadores sino también en el contexto de las políticas queer y de izquierdas, que generalmente se consideran progresistas. Explorar el género como una identidad en contraposición con una jerarquía, a menudo se basa en la presunción de que el género es innato —”en el cerebro”— y no construido socialmente. Así, el desarrollo de las políticas trans y los consecuentes desacuerdos acerca de la naturaleza de la opresión de la mujer —sus raíces y lo que define a la mujer— han abierto una gran grieta (MacKay, 2014) en el seno del movimiento feminista.

Feminismo e Identidad de Género

La palabra transgénero se usa para describir el estado de un individuo cuya concepción de su propio género no está alineada con su sexo biológico. Por ejemplo, a alguien que nace con cuerpo de mujer y se identifica como hombre se le denomina hombre trans (transhombre) y a alguien que nace con cuerpo de hombre y se identifica como mujer se le llama mujer trans (transmujer). Ser transgénero puede implicar cierto grado de intervención médica, que puede incluir terapias de reemplazo hormonal y cirugía de reasignación de sexo, un proceso de transición que se lleva a cabo para alinear el Yo material con la identidad interna de las personas transgénero. Sin embargo, de los 650.000 británicos que entran en el paraguas transgénero, se estima que sólo 30.000 han llevado a cabo algún tipo de transición médica o quirúrgica.

El término trans describía inicialmente a aquellos que nacen hombres y se identifican como mujeres, o viceversa, pero ahora se usa para denominar una gran variedad de identidades basadas en la no conformidad de género. Trans incluye identidades no binarias (cuando una persona no se identifica ni como hombre ni como mujer), la fluidez de género (cuando la identidad de un individuo va cambiando de hombre a mujer y viceversa), y el género queer (cuando un individuo se identifica con la masculinidad y la feminidad a la vez o con ninguna de las dos), por nombrar algunos ejemplos.

Lo contrario de transgénero es cisgénero, una palabra que se usa para aceptar la alineación del sexo biológico con el rol de género que le corresponde. Ser cisgénero se ha establecido como privilegio en el discurso queer, con las personas cis en la posición de clase opresora y las personas trans en la de oprimida. Aunque las personas trans son innegablemente un grupo marginado, no se hace ninguna distinción entre los hombres y las mujeres cis en relación a cómo se manifiesta esa marginación. La violencia machista es responsable de los asesinatos constantes de mujeres trans (transmujeres), un patrón trágico que Judith Butler achaca a “la necesidad de los hombres de cumplir con los estándares socialmente establecidos de masculinidad y poder”.

Desde una perspectiva queer, lo que dictamina si la sociedad patriarcal te margina o te beneficia, es el género con el que te identificas y no la casta sexual a la que perteneces. En este sentido, las políticas queer están fundamentalmente en desacuerdo con el análisis feminista.

El marco queer posiciona el género en la mente, donde existe como una identidad autodefinida positivamente, no como una jerarquía. Desde una perspectiva feminista, el género se entiende cómo el vehículo para perpetuar el desequilibrio de poder estructural que el patriarcado ha establecido entre las castas sexuales.

“Si no se reconoce la realidad material del sexo biólogico o su significado como eje de la opresión, la teoría política no puede no puede incorporar ningún análisis del patriarcado. La subordinación continua e histórica de las mujeres no ha surgido porque algunos miembros de nuestra especie decidieran identificarse con un rol social inferior [y sería un acto de atroz culpabilización de la víctima (victim blaming) sugerir que así ha sido]. La opresión ha surgido como método por el cual los varones pueden dominar a esa mitad de la especie que puede gestar descendencia, y explotar su labor sexual y reproductiva. No podemos entender el desarrollo histórico del patriarcado, ni la continua discriminación machista, ni la misoginia cultural, si no reconocemos la realidad de la biología de la mujer ni la existencia de una casta de personas biológicamente hembras.” – Rebecca Reilly-Cooper, What I believe about sex and gender

Como la teoría queer se basa en pensamientos post-estructuralistas, por definición es incapaz de aportar un análisis estructural coherente de ninguna opresión sistemática. Después de todo, si el Yo material es arbitrario en la manera en que cada uno experimenta el mundo, no puede ser un factor en el entendimiento de ninguna casta política. Lo que la teoría queer no advierte es que la opresión estructural no tiene nada que ver con cómo se identifica cada individuo. El género como identidad no es un vector en la matriz de la dominación (Hill Collins, 2000) –si alguien se identifica o no con uno o varios roles de género determinados, no tiene ningún efecto en la posición que el patriarcado le otorga.

El Problema con la Etiqueta ‘Cis’

Ser cis significa “identificarse con el género asignado al nacer”. Pero la asignación de roles de género basada en las características sexuales es una herramienta del patriarcado que se usa para subordinar a las mujeres. La imposición de una serie de limitaciones en función del género asignado con el objetivo de definir la trayectoria de su desarrollo, es la más temprana manifestación del patriarcado en la vida de una persona, lo cual es especialmente dañino en el caso de las niñas.
El esencialismo que se esconde tras la asunción de que las mujeres se identifican con el vehículo de su opresión, se basa en la creencia de que las mujeres estamos inherente e idóneamente preparadas para que se ejerza poder sobre nosotras. En otras palabras, categorizar a las mujeres como ‘cis’ es misoginia.

A través de la lente postmoderna de la teoría queer, la opresión como casta sexual se ve como un privilegio. La violencia masculina, a nivel global, es una de las primeras causas de muerte prematura de las mujeres. En un mundo en el que el feminicidio es endémico, en el que una de cada tres mujeres sufren violencia machista… nacer mujer no es un privilegio. Que una mujer nacida hembra se identifique con un rol de género determinado o no, no influye en si se verá sometida a la mutilación genital femenina, o en si tendrá dificultades para acceder al cuidado médico de su salud reproductiva, o en si será discriminada por menstruar.

Es imposible escapar a la opresión material de base mediante la identificación personal como individuo del género opuesto. Por tanto, la etiqueta cisgénero tiene poca o ninguna influencia sobre la posición en la que el patriarcado coloca a las mujeres. Considerar que habitar un cuerpo de mujer es un privilegio, implica rechazar el contexto sociopolítico de la sociedad patriarcal.

La lucha por los derechos de las mujeres ha sido larga y difícil, cada avance conseguido a un muy alto precio por aquellas que resistieron al patriarcado. Y la lucha no ha terminado. Los significativos avances en el reconocimiento de los derechos de las mujeres conseguidos por la segunda ola de feministas, fueron deliberadamente rechazados con una reacción sociopolítica muy violenta (Faludi, 1991), un patrón que se está repitiendo en la actualidad hasta tal punto que el acceso de las mujeres al aborto legal y a otras formas de cuidado de su salud reproductiva está siendo puesta en riesgo por el fascismo conservador que prolifera en Europa y Estados Unidos. Intersecciones de raza, clase, capacidades y sexualidad, también juegan un papel importante en la definición de la manera en la que las estructuras de poder actúan sobre las mujeres.

Y aún así, en nombre de la inclusión, las mujeres estamos siendo despojadas del lenguaje requerido para identificar y posteriormente combatir nuestra propia opresión. Las mujeres embarazadas pasan a ser personas embarazadas. Amamantar pasa a ser dar el ‘pecho/torso’ (chestfeeding en lugar de breastfeeding). Citar la biología de las mujeres se convierte en una forma de intolerancia retrógrada que hace imposible el hablar de las políticas reproductivas, de parto y de maternidad sin transgredir la ‘norma’. Además, hacer que el lenguaje en referencia al sexo sea neutral, no previene o combate el que las mujeres sean oprimidas como casta sexual. Borrar el cuerpo de las mujeres no altera en manera alguna la forma que tiene el género de oprimir a las mujeres.

Desde el punto de vista queer, el discurso de género pertenece exclusivamente a aquellos que se identifican como trans. El resultado es que muchas feministas tratan de evitar el tema del género, a pesar de ser la jerarquía que desempeña el papel principal en la opresión de la mujer. Las invitaciones a beber lejía o a morir en un incendio son, nada sorprendentemente, una táctica silenciadora muy efectiva. Los chistes y las amenazas —muchas veces imposibles de distinguir unos de otros— en referencia a la violencia contra las mujeres se usan de manera habitual para callar voces disidentes. Este abuso no puede ser considerado como defensivo, como la frustración de los oprimidos volcada sobre el opresor. Es, en el mejor de los casos, hostilidad horizontal (Kennedy, 1970), y en el peor, la legitimación de la violencia masculina contra las mujeres.

Las políticas de identidad queer yerran al obviar, y a veces ignorar, las formas en las que las mujeres son oprimidas como casta sexual. Este abordaje selectivo de las políticas de liberación es defectuoso en su fundamento. Despolitizar el género y abordar de manera acrítica los desequilibrios de poder que crea, no beneficia a nadie y mucho menos a las mujeres. Sólo la abolición del género traerá consigo la liberación de las restricciones que el género impone. Los grilletes del género no pueden ser rediseñados como objetivo en la búsqueda de la libertad.


 

Translation originally posted here.

Original text initially posted here.

The Vanishing Point: A Reflection Upon Lesbian Erasure

No longer would these truths be contained inside me, and so it is time to send these words out into the world.

Part four in my series of essays on sex and gender – here are parts 1, 2, and 3. This one is dedicated to E for The Argonauts and the encouragement.


 

This is a strange time to be a young lesbian woman. Well, young-ish. In the time it has taken me to evolve from a fledgling baby dyke into a fully formed lesbian, the tension between queer identity politics and women’s liberation has become pretty much unbearable. Facebook added Pride flag reactions in the same month they started banning lesbian women for describing ourselves as dykes. As equal marriage legislation and same-sex adoption rights grow increasingly standard in mainstream society, the right of lesbian women to self-define and declare sexual boundaries is undermined within the LGBT+ community. Such contradictions are characteristic of this era, but that doesn’t make them any easier to live with from day to day.

Love is love, unless you happen to be a lesbian woman – in which case your sexuality will be relentlessly deconstructed under suspicion of being exclusionary. love is loveAs I have written before, every sexuality is by its very definition exclusionary. Sexuality is a set of parameters that govern the characteristics we are potentially attracted to in others. For lesbians, it’s the presence of female primary and secondary sex characteristics that create (but do not guarantee) the possibility of attraction. Sex, not gender (nor even gender identity), is the key factor. But in a queer setting, as in mainstream patriarchal society, lesbian is a contentious label.

Lesbian women are instead encouraged to describe ourselves as queer, a term so broad and nebulous as to be devoid of specific meaning, on the grounds that nobody in possession of a penis is read as being entirely outside of our sexual boundaries. Jocelyn MacDonald rounds it up nicely:

“Lesbians are women, and women are taught that we’re supposed to be sexually available objects of public consumption. So we spend a lot of time saying “No.” No, we won’t fuck or partner with men; no, we won’t change our minds about this; no, this body is a no-man’s land. Lesbian, straight or bi, women are punished whenever we try to assert a boundary. Queer as a catchall term makes it really hard for lesbians to assert and maintain this boundary, because it makes it impossible to name this boundary.”

In a time when acknowledging biological sex is treated as an act of bigotry, homosexuality is automatically problematised – the unforeseen consequences of queer identity politics are wide and far-reaching. Or rather, it would be more accurate to say, lesbian sexuality is made problematic: the idea of women exclusively directing our desires and energies towards one another remains suspect. Somehow, the pattern of men centring men in their lives never receives the same backlash. Lesbians are a threat to the status quo, whether it’s part of heteropatriarchy or queer culture. When lesbians dismiss the idea of taking on a partner with a penis, we are branded “vagina fetishists” and “gynephiles” – given that lesbian sexuality is routinely pathologised in queer discourse, just as lesbian sexuality is pathologised by social conservatism, it’s no surprise to me that so many young women succumb to social pressure and drop lesbian in favour of queer. Self-erasure is the price of acceptance.

“It is no secret that fear and hatred of homosexuals permeate our society. But the contempt for lesbians is distinct. It is directly rooted in the abhorrence of the self-defined woman, the self-determining woman, the woman who is not controlled by male need, imperative, or manipulation. Contempt for lesbians is most often a political repudiation of women who organize in their own behalf to achieve public presence, significant power, visible integrity.

 

Enemies of women, those who are determined to deny us freedom and dignity, use the word lesbian to provoke a hatred of women who do not conform. This hatred rumbles everywhere. This hatred is sustained and expressed by virtually every institution. When male power is challenged, this hatred can be intensified and inflamed so that it is volatile, palpable. The threat is that this hatred will explode into violence. The threat is omnipresent because violence against women is culturally applauded. And so the word lesbian, hurled or whispered as accusation, is used to focus male hostility on women who dare to rebel, and it is also used to frighten and bully women who have not yet rebelled.” – Andrea Dworkin

As queer identity politics would have it, biological women being exclusively interested in being with other women is a sign of bigotry. Let’s not waste paragraphs on equivocation. This world contains more than enough silences around the subject of gender, and it is invariably women who pay the highest price for those silences – in this case, women who love other women. And so I will say it: for lesbians to categorically deny the possibility of taking a partner with a penis is framed as transphobic by queer politics because it does not include transwomen in the sphere of lesbian desire. The inherent lesbophobia of reducing lesbian sexuality to a source of validation is, of course, given a free pass.

Yet, lesbian sexuality doesn’t necessarily exclude people who identify as trans. Lesbian sexuality can extend to biologically female people who identify as non-binary or genderqueer. Lesbian sexuality can extend to biologically female people who identify as transmen. As a comparatively high proportion of self-identified transmen lived as butch lesbians prior to transition, it is not unheard of for transmen to be part of lesbian relationships.

Where is the boundary between a butch lesbian and a transman? During her reflections on lesbian life, Roey Thorpe considers that “…invariably, someone asks: Where have all the butches gone?” The short answer is transmasculinity (and the long answer requires an essay of its own). At what point within the spectrum of identity does butch end and trans begin?

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The border is amorphous, though in an imaginative sort of way Maggie Nelson attempts to chart it within The Argonauts. Her lover, the artist Harry Dodge, Nelson describes as a “debonair butch on T.” To Nelson’s thinking, “whatever sameness I’ve noticed in my relationships with women is not the sameness of Woman, and certainly not the sameness of parts. Rather, it is the shared, crushing understanding of what it means to live in a patriarchy.” Dodge is fluidly gendered and masculine presenting. Testosterone and top surgery do not remove an understanding of what it is to be located, in this world, as female. Those truths coexist.

The idea that lesbians are transphobic because our sexual boundaries do not extend to accommodate penis is a phallocentric fallacy. And the pressure on lesbians to redefine those boundaries is frankly terrifying – it rests on an attitude of entitlement towards women’s bodies, an entitlement that is part of patriarchy and now being replicated within queer space. Lesbian women do not exist as sex objects or sources of validation, but self-actualised human beings with desires and boundaries of our own.

Talking about queer politics with gay male friends my age is something of an eye-opener. I am reminded of two things: With men, no is accepted as the closing word. With women, no is treated as the opening of a negotiation. Most gay men in my life are in turns horrified and amused by the notion that the parameters of their sexuality could or should be expected to move in accordance with the dictates of queer politics. Some (the fortunate ones – ignorance here is bliss) are unfamiliar with the rabbit hole of queer theory. Others (the newly initiated) are, unsurprisingly, resistant to the queer problematising of homosexuality. One went so far as to suggest gays, lesbians, and bisexuals break away from the alphabet soup of queer politics and self-organise specifically around the lines of sexuality – given that numerous dykes have been  subject to the TERF witch-hunt for making the same case, it was at once uplifting and depressing to hear a man outside of radical feminism voice the same views without fear of censure.

I am glad to say that none of the gay men I call friend have opted for what can be described as the Owen Jones route: dismissing the concerns lesbian women as bigotry in pursuit of those tasty, rainbow-sprinkled ally cookies. The trend of left-wing men cashing in on misogyny to bolster their own reputations is a tale as old as patriarchy. That it happens in the context of queer community comes as no great surprise, as queer culture is male-dominated.

Queer community can ultimately be an alienating for lesbian women. Although I participated in queer spaces around the time of coming out, I have grown steadily more withdrawn from that context over time. I am by no means alone in that – plenty of lesbian women within my age bracket feel conscious of being erased and displaced in queer settings, places we are told that we are meant to belong. It’s not purely older lesbians who are resistant to queer politics, although god knows they warned us about its misogyny. My only regret is not listening sooner – that I wasted time and energy trying to bridge the ideological gap between queer and radical feminisms.

Queer discourse uses something of a carrot and stick approach to shoehorn young lesbians into conforming – either we can embrace queer and belong, or we can be irrelevant outsiders just like boring older lesbians. This approach, reliant as it is on ageist misogyny, was misjudged: I can think of nothing I would like to be so much as an older lesbian, and it is pretty wonderful to know that’s the future in front of me. The depth of thought older lesbians extend towards me, the way they challenge and guide me through the process of feminist consciousness, plays a pivotal role in shaping both my sense of the world and how I understand my place in it. If I am really fortunate, one day I will have those soaring (and, at times, intellectually gruelling) conversations with future generations of baby dykes.

Although I appreciate the support and sisterhood of older lesbians (by far my favourite demographic of human beings), in certain respects I also envy them the relative simplicity of lesbian existence during the 1970s and ‘80s. The reason for that envy: they lived lesbian lives in the time before queer politics went mainstream. I do not say that lightly, or to imply that the past was some utopia for gay and lesbian rights. It wasn’t. Their generation(s) had Section 28 and mine has same-sex marriage. What gains my generation benefit from are the direct product of their struggle. Yet they were allowed to live at least part of their lives in a time when, of all the reasons the word lesbian was met with disgust, being deemed “too exclusionary” was not one of them. There was no impetus, within a feminist or gay context, to “queer” lesbian sexuality.

Some things haven’t changed a great deal. Lesbian sexuality is still routinely degraded. Lesbian women are still the posterdykes for “don’t worry, I’m not that type of feminist.” Only now, when I check my Twitter notifications, it genuinely takes a moment to work out whether my being a lesbian has offended the alt-right or the queer left. Does it particularly matter? The lesbophobia takes the same format. The hatred of women is identical.

women's libOver Pride, a picture of a smiling transwoman clad in a bloodstained t-shirt proclaiming “I punch TERFs” circulated on social media. The image was captioned “this is what gay liberation looks like.” That those of us living at the intersection of gay identity and womanhood – lesbians – are often branded TERFs purely by virtue of our sexuality makes this claim particularly dubious. Considering that we live in a world where one in three women experiences physical or sexual violence in her lifetime, I cannot share in the amusement – there’s nothing revolutionary or countercultural in making a joke about punching women. Violence against women was glorified without a second thought, positioned as an objective of liberation politics. And we all know that TERFs are women, as men who assert boundaries are rarely subject to such vitriol. Pointing out the misogyny of course results in a fresh deluge of misogyny.

There is one favourite rejoinder reserved for feminists critiquing the sexual politics of gender identity, a retort associated more with surly teenage boys than any politics of resistance: “suck my girldick.” Or, if malice couples with a stab at originality, “choke on my girldick.” Being told to choke on a girldick doesn’t feel any different from being told to choke on a garden variety dick, yet it has become almost a routine part of gender discourse unfolding on Twitter. The act remains the same. The misogyny remains the same. And it’s telling that in this scenario the sexual gratification is derived through an act that quite literally silences women.

An iconic line from Shakespeare’s Romeo and Juliet proclaims that “a rose by any other name would smell as sweet.” With this in mind (for there is far more of tragedy than romance about this situation), I argue that a penis by any other name would sexually repel lesbians. And that’s fine. Sexual disinterest doesn’t equate to discrimination, oppression, or marginalisation. Sexual entitlement, however, does: it plays a fundamental part in the oppression of women, and manifests clearly through rape culture. Within a queer framing there is no space given over to discussions about the misogyny that enables entitlement towards sexual accessing lesbian women’s bodies. Simply acknowledging that the issue exists is considered beyond the pale and, as a result, that misogyny is protected by layers and layers of silence.

This is not such a brilliant time to be a lesbian. The unwillingness of queer politics to simply accept lesbian sexuality as valid in its own right is deeply isolating, at points privileging the desire to have sex over the right to refuse sex. And yet lesbian connection persists, as it always has done. Lesbian relationships continue to nourish whilst offering a radical alternative to heteropatriarchy – just because it’s not particularly visible right now, just because it doesn’t have the mainstream (i.e. patriarchal) appeal of queer culture, doesn’t mean that it’s not happening. Lesbians are everywhere  – that will not change.

Nolite te bastardes carborundorum.


Bibliography

Margaret Atwood. (1985). The Handmaid’s Tale

Andrea Dworkin. (1978). The Power of Words

Cherríe Moraga. (2009). Still Loving in the (Still) War Years: On Keeping Queer Queer

Maggie Nelson. (2015). The Argonauts

Adrienne Rich. (1976). Of Woman Born: Motherhood as Experience and Institution